Su vuelo es dentro de un mes, dijo la azafata. Descubrí entonces, que existen dos lunes dieciséis, uno en febrero y otro en marzo.
Con suerte encontramos otro avión que salió con dos horas y media de retraso, así que esa noche dormimos solo tres horas. Entre el cansancio y la intuición de lo que venía abrimos la puerta a un nuevo continente.
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Arrancamos el road trip en el país del arcoíris conduciendo por la izquierda y sintiéndonos la oveja blanca dentro de un rebaño oscuro que fluye con otra cadencia. Frenamos ante el Kruger National Park, donde el día es apenas una versión luminosa de la noche y la tierra está sembrada de las trompas antiguas de los miles de elefantes que lo habitan. Donde la vía láctea no brilla, sino que cae como harina fina sobre el cielo negro.
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Nos dedicamos a observar, no solo a ver y tachar de una lista. Al contemplar la manada de elefantes cruzar el río, algo dentro se aquietó. Al mirar a las jirafas masticar, la respiración se acomodó. Al ver al león caminar, los pensamientos se desdibujaron. Las cebras nos recordaron que cada uno lleva su propio dibujo. Descubrimos el miedo transformado en salto de los impalas y la fuerza escondida bajo el agua del hipopótamo.
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En la ultima tarde al explorar una zona inhóspita, Carles tarareó la música de la serie, El hombre y la tierra. Lanzando este guiño a nuestra infancia, nos sorprendió una silueta caminando por el asfalto. Nos acercamos despacio para observar al animal más rápido de la tierra. El tiempo se estiró como su columna flexible. El guepardo giró la cabeza y nos miró sin desafío, solo con presencia. Y en ese cruce de miradas comprendimos que lo esencial no era encontrarlo, sino estar lo bastante despiertos para reconocer el milagro cuando ocurre.
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Arrancamos el road trip en el país del arcoíris conduciendo por la izquierda y sintiéndonos la oveja blanca dentro de un rebaño oscuro que fluye con otra cadencia. Frenamos ante el Kruger National Park, donde el día es apenas una versión luminosa de la noche y la tierra está sembrada de las trompas antiguas de los miles de elefantes que lo habitan. Donde la vía láctea no brilla, sino que cae como harina fina sobre el cielo negro.
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Nos dedicamos a observar, no solo a ver y tachar de una lista. Al contemplar la manada de elefantes cruzar el río, algo dentro se aquietó. Al mirar a las jirafas masticar, la respiración se acomodó. Al ver al león caminar, los pensamientos se desdibujaron. Las cebras nos recordaron que cada uno lleva su propio dibujo. Descubrimos el miedo transformado en salto de los impalas y la fuerza escondida bajo el agua del hipopótamo.
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En la ultima tarde al explorar una zona inhóspita, Carles tarareó la música de la serie, El hombre y la tierra. Lanzando este guiño a nuestra infancia, nos sorprendió una silueta caminando por el asfalto. Nos acercamos despacio para observar al animal más rápido de la tierra. El tiempo se estiró como su columna flexible. El guepardo giró la cabeza y nos miró sin desafío, solo con presencia. Y en ese cruce de miradas comprendimos que lo esencial no era encontrarlo, sino estar lo bastante despiertos para reconocer el milagro cuando ocurre.
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