La mayoría de los peregrinos que cenan llegan buscando un reencuentro con las verduras.
Una peregrina rompió a aplaudir cuando recibió un plato coronado por ramilletes de brócoli perfumados con romero. Desde Arequipa llegó un ciclista que nos habló de sus casas blancas y de sus volcanes. Mientras lo escuchaba, descubrí un brillo inhabitual en los ojos de la hospitalera. Un griego y una sueca celebraron el nacimiento de su historia de amor con dos botellas de vino en la habitación.
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Me enternecen los peregrinos que estrenan el Camino con nosotros. Así llegó una americana que había decidido reinventar su vida tras una separación. Durmió convencida de que aquella locura había sido la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo. Un peregrino español caminaba junto a su nieta de dieciséis años para enseñarle otras maneras de habitar el mundo. El belga olvidó su bastón después de que la selección española deshiciera las ilusiones de su equipo.
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Una pareja de australianos se bebió un par de IPAs nada más llegar y, durante la cena, preguntó dónde estaban los niños de la aldea. Really? fue la palabra más repetida de la noche. Una canadiense prometió hacerse vegana al jubilarse, ya que entonces tendría tiempo para cocinar. Los americanos que comenzaron en Saint-Jean ahora recorren las etapas en taxi. El ego quería conquistar el camino; el cuerpo prefirió llegar. Una joven peregrina, olvidó el móvil y un par de bragas detrás de la puerta del baño.
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Los hospitaleros partieron a las cuatro y media de la madrugada para ir al encuentro de un viejo amigo. El primer indicio apareció sobre el asfalto: apenas quedaba nada del joven corzo. Mientras el amanecer encendía la Sierra de la Culebra, por fin, apareció, sentado sobre una roca, y nos regaló largos minutos de contemplación. Más tarde surgió un segundo, atravesando con paso firme una tierra que el fuego había devorado apenas un año antes. De regreso, el último lobo se detuvo en el arcén de la carretera. —Sentí un cosquilleo en el centro del pecho. Cuando le sostuve la mirada, sonreí a la loba que acababa de despertar dentro de mí —me confesó la hospitalera.